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Costumbres guayaquileñas En un bucólico ambiente la sociedad se basaba en familias que vivían alrededor del padre, amo y señor de sus hijos y cónyuge y sol brillante que nunca se eclipsaba.
Muchos sirvientes, descendientes en su mayoría de antiguos esclavos de la casa, seguían la suerte de sus amos, sin tentar la vida libre en una sociedad semifeudal que acababa de salir del coloniaje español denso y que mantuvo a América sin mayores cambios por más de dos siglos y medio.
A golpe de cinco de la tarde (17h00) se iniciaba el ángelus, que presagiaba el rosario alrededor de la madre. A la seis, la tertulia. La cena era frugal y casi siempre a las ocho. Luego se pasaba al corredor a conversar, recibiéndose a amigos que visitaban hasta las once (23h00). Así eran las reuniones familiares: unos callaban, otros hablaban en sus respectivas hamacas, tocando puntos baladíes de conversación familiar y sencilla.
En los almuerzos no faltaba el verde asado que hoy casi no conocemos porque a nadie se le ocurre brindar. Un cafecito de Piscano (venido de la zona de Los Ríos), el vaso infaltable de ‘colada’ y los panes de yuca quitaban el hambre a cualquier cristiano a la criolla y sin tanto aspaviento como actualmente se hace con insípidas sopitas y bocados en lata... Adaptación de El Ecuador profundo, por Rodolfo Pérez Pimentel, cronista vitalicio de Guayaquil.
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